martes, 25 de marzo de 2014

“Si conecto a la luz la mascarilla de oxígeno que necesito, no puedo comer tres veces al día"

 Eran las cinco la tarde. La manifestación del 22M había comenzado, pero la cola de la marcha apenas podía dar ningún paso. En una de las marquesinas de la Plaza Emperador Carlos V (lugar de inicio de la manifestación), una mujer daba a entender que estaba esperando la llegada de su autobús. Ese autobús tardaría horas en llegar ya que el paseo del Prado y el de Recoletos era un torrente de personas que navegaban con una consigna clara, directa, justa y fundamental. “Dignidad”. 


Frente a la marquesina se agolpaba la manifestación que procedía de la Plaza de la Beata, del barrio de Legazpi. Cristina esperaba sola, observando y escuchando todas las reclamas de la manifestación. “Tengo que enchufar a la corriente eléctrica un mascarilla para el oxígeno. Si la conecto las horas que me mandan, que son 16, entonces no puedo comer, porque tengo que pagar un recibo de luz tan alto que no me llega, y por eso no puedo hacer las tres comidas” afirmaba nada más empezar la conversación.

Haciendo referencia a la indiferencia de los gobernantes exclamaba que “no porque somos viejas somos tontas. Somos mayores, pero tontas no, y sabemos por qué estamos así y tenemos esta ruina”. Tiene claro de quien es la culpa. “¿Sabes por qué en España estamos tan mal?”, preguntaba y respondían enseguida: “porque tenemos muchos ladrones. Están en la cárcel unos pocos pero tienen que meter a todos. Se han llevado el dinero y nos han dejado sin nada. Pero igual que te lo digo yo, te lo dice todo el mundo”.

Recuerda perfectamente el hambre que pasó hace 74 años. No olvida esos momentos. “Yo creía que esto no me volvería a pasar otra vez a mi, porque bastante hambre ya pasé en el 40”.

Al preguntarle por su opinión acerca de las cientos de personas que salieron hace días andando desde todos los rincones de España se emociona. “Pues me dan ganas de llorar, bueno no, estoy llorando porque si vienen andando de tan lejos es porque lo están pasando muy mal. La gente no anda tantos kilómetros con las llagas que traen en los pies si no les hiciera falta”. 

"No piden para ellos solos, piden para el pueblo"
En las marchas por la dignidad habían personas desempleadas, estudiantes, trabajadoras y trabajadores que habían pedido días libres para acudir a reivindicar la justicia social. Parecía que hubiese estado con esas personas y se hubiese empapado de la solidaridad que transmitían. “Y no piden para ellos solos, piden para el pueblo” señalaba.

Los minutos pasaban y ella continuaba en la marquesina. Esta es la historia particular de Cristina, pero no es ningún caso excepcional. A lo largo de los dos kilómetros que separan la Plaza de Emperador Carlos V con la Plaza Colón habían miles de personas que como esta mujer sufren las consecuencias de las políticas capitalistas que han generado una sociedad donde se les ha despojado de los derechos más básicos y fundamentales, como el pan, trabajo, techo. No son caprichos, son derechos humanos que al igual que el resto son intransferibles e innegociables. Ya lo anuncia el artículo 1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos: “Todos los seres humanos nacen, libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Cristina tiene 76 años y no estaba esperando ningún autobús. Había llegado andando desde Carabanchel. “Nunca he venido a una manifestación, pero esto ya es imposible y estoy aquí para mostrar que los abuelitos con bastón también venimos” comentó mientras levantaba el cayado para enfatizar sus palabras.

Texto: Antonio Trives
Foto: Áxel Álvarez